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La industria de las mentiras

La industria de las mentiras

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Por Ivette Estrada

Las fake news no nacieron en internet. La desinformación tampoco es un invento de las redes sociales. Lo que sí es nuevo y profundamente peligroso, es que hoy existe una industria organizada dedicada a producir, distribuir y monetizar mentiras a escala global.

El autor de “Entre verdades fabricadas y mentiras a medias”, Roberto Alinso Ramos Erosa, “la televisión fue el primer laboratorio donde se ensayaron los mecanismos de manipulación que hoy dominan el ecosistema digital”.

Pero antes de hablar de industria, hay que distinguir los materiales con los que se fabrica:

El error periodístico es involuntario. Humano. Se corrige. No busca engañar.

El sesgo es una inclinación, consciente o no, que distorsiona la realidad. No es malicia: es perspectiva.

La desinformación intencional es donde empieza la industria. Es la información falsa creada deliberadamente para manipular, polarizar o generar pánico. “Este último nivel es el que conecta la televisión del siglo XX con las fake news del siglo XXI”, aseguró el autor en una conferencia ofrecida en el Club Primera Plana.

Ahora, las fake news son el producto estrella de la industria de la mentira. Son productos diseñados para circular, emocionar y dividir.

Una fake news es fabricada, empaquetada con apariencia periodística y optimizada para viralizarse. Es monetizable, replicable en serie e industrializable.

Para el criminólogo “La televisión ya había mostrado el camino: dramatizaciones que parecían noticias, rumores amplificados, teorías conspirativas presentadas como “el otro lado, propaganda política disfrazada de información”.

La diferencia es que hoy la producción es masiva, automatizada y global.

¿Cómo se relaciona con la posverdad i el ecosistema donde la industria prospera?

La mentira es un acto. La fake news es un producto. La posverdad es el ecosistema donde ese producto se vuelve rentable.

La posverdad no es una falsedad: es un clima emocional donde los hechos importan menos que las creencias, identidades o afectos del público.

En la posverdad, la emoción vale más que el dato, la identidad vale más que la evidencia y la narrativa vale más que la verificación

“La televisión ayudó a construir ese clima al mezclar información, espectáculo y dramatización. Las redes sociales sólo lo aceleraron”, aseguró el autor.

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La televisión operó como un ensayo general de la desinformación.

El autor comenta: “la televisión podía legitimar ideas sin evidencia sólo por mencionarlas. No tenía viralidad, pero sí tenía autoridad. Eso bastaba para moldear percepciones”.

Hoy, la desinformación opera como cualquier industria: tiene productores, distribuidores, plataformas, métricas, inversionistas y objetivos políticos y económicos

Las fake news son el producto. La posverdad el mercado. La ciudadanía el recurso explotado.

Hoy, cuando los hechos ya no importan y las creencias lo deciden todo, las consecuencias son devastadoras: sociedades polarizadas, instituciones debilitadas, miedo amplificado, reputaciones destruidas, decisiones públicas tomadas desde la emoción y no desde la evidencia.

Es momento de romper las mentiras y desmantelar fake news y la oscuridad de la posverdad.

 

 


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